miércoles, 16 de mayo de 2012

"Los distintos rostros de la primavera Árabe".

Los distintos rostros de la primavera Árabe.
Por supuesto, no se están aplicando los mismos principios para salvar a las masas reprimidas brutalmente en Yemen o a los manifestantes chiíes en Bahréin. Es dudoso que se extienda a Arabia Saudita y Siria, y mucho menos a Irán. Tampoco es improbable que una guerra prolongada en Libia acabe por dar justificación a la advertencia de los gobernantes autoritarios de la región de que el despertar árabe no es más que un preludio del caos.
Estas contradicciones internas se ven agravadas por las condiciones locales de cada uno de los estados árabes, así como por las limitaciones estratégicas, todo lo cual define los matices de esta desigual primavera árabe.
La legitimidad de las monarquías hereditarias, principio establecido por Metternich, el arquitecto del orden postnapoleónico, finalmente prevaleció en la Primavera Europea de 1848. Hasta ahora, el mismo principio sigue en vigor en el mundo árabe. Las monarquías -en Marruecos, Arabia Saudita, Jordania y la mayoría de las dinastías del Golfo- todavía parecen más aceptables a los ojos de sus súbditos que las autocracias seculares. La vulnerabilidad de los regímenes de Egipto, Túnez, Libia, Siria y Yemen, que se basan en elecciones amañadas y en un aparato estatal de represión, refleja su falta de cualquier otra fuente aceptable de legitimidad.
Por supuesto, las monarquías árabes no son totalmente inmunes a la amenaza de que ocurran levantamientos populares. Pero, debido a que su legitimidad proviene de una fuente religiosa, o hasta divina, más que de una ficción de apoyo democrático -como fue el caso de los presidentes árabes-, sus gobiernos son menos cuestionables.
Más aún, a diferencia de las "repúblicas" árabes -casi de todas las cuales surgieron  revoluciones "socialistas" o golpes militares que prometían grandeza y justicia social, solo para acabar como regímenes corruptos y represivos-, las monarquías de la región nunca prometieron una utopía. En ninguna de las monarquías árabes han ido los manifestantes  por la cabeza del rey; sus demandas tienen relación con poner límites al poder absoluto, no con un fin de la monarquía.
El mapa revolucionario también se ve influido por las actitudes hacia Occidente. Una triste lección de la duplicidad de este con respecto a las reformas democráticas en el mundo árabe, que tanto Siria como Irán han abrazado con complacencia, es que los líderes moderados prooccidentales que abrieron espacios a los manifestantes prodemocráticos terminaron siendo barridos a un costado, mientras que quienes aplastaron brutalmente a sus oponentes se mantienen en el poder. Occidente, después de todo, nunca aplicó una presión irresistible sobre ningún régimen árabe para que llevara a cabo reformas y abandonó a sus clientes autocráticos en Túnez y Egipto cuando no pudieron cortar el brote revolucionario. La lección es que Occidente coexistirá con las tiranías, con la condición de que sus mecanismos de represión sean rápidos y eficaces.
Teniendo en cuenta el temor desenfrenado a la influencia iraní, el movimiento por la democracia en Bahréin y Arabia Saudita está destinado a ser sofocado con la complicidad de EE. UU. La intervención impulsada por los sauditas en Bahréin apunta a limitar los esfuerzos de Irán por avanzar en la región sobre las olas del descontento chií.
De hecho, el levantamiento de la mayoría chií de Bahréin se ha convertido ahora en una lucha por el dominio regional entre Irán y las monarquías suníes respaldadas por Estados Unidos en el Golfo. Incluso Turquía, un aliado de Irán cuyo primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, criticó duramente la intervención militar contra Libia -arremetiendo contra Occidente por ver la región como 'como un peón en las guerras del petróleo por décadas'- hizo un llamado a Irán para que frenase su belicosa retórica durante la crisis de Bahréin.
La inmunidad de la monarquía saudí a las presiones de EE.UU. para que se lleven a cabo reformas democráticas le debe mucho al temor a una "medialuna chií" sobre el Golfo, con Irán en su centro. De hecho, Arabia Saudita considera el empoderamiento político de la mayoría chií de Iraq como una calamidad de proporciones históricas, visión que se ve reivindicada por el apoyo abierto de Irak a los designios iraníes en el Golfo. El primer ministro, Nouri al-Maliki, se unió al coro de Irán en contra de "la intervención de las fuerzas suníes en un estado vecino". Lo secundó el poderoso líder chií de Iraq, Mukhtada Sadr, y su clérigo supremo, el ayatolá Ali Sistani, que instó a Bahréin a deshacerse de las "fuerzas extranjeras".
Se ha puesto de moda culpar a Occidente por las vicisitudes de la democratización árabe. Sin embargo, las encrucijadas de la historia nunca se han caracterizado por presentar opciones fáciles y, a menudo, los errores humanos dan forma a los resultados más que la maldad humana. En su marcha admirable hacia las libertades civiles, los pueblos árabes deben enfrentar una prueba preliminar de toda democracia, por incipiente que sea: asumir la responsabilidad de las consecuencias de las decisiones propias.














"Estaciones" de la primavera árabe


Otoño de la primavera arabe


Los países de la llamada ‘primavera árabe’ no acaban de ver luz al final del túnel.
Mientras Siria parece abocada a una guerra civil, en Libia y Egipto el derrocamiento de sus respectivos regímenes no ha venido acompañado de la estabilidad que reclamaban sus pueblos.
Los llamamientos para cambiar el gobierno de Siria procedentes del exterior hacen que la oposición actúe con mayor dureza, de forma que los enfrentamientos con los partidarios del poder se tornan cada vez más violentos, poniendo al Estado al borde de una verdadera guerra civil.
“Los países occidentales y algunos países de la región llaman y aconsejan a la oposición que no mantenga negociación alguna con el régimen de Al Assad. Esto parece una provocación política a escala internacional”, aseveró el canciller ruso Serguéi Lavrov.
Los desórdenes traspasan fronteras y se extienden también por las calles y plazas de la capital egipcia, donde no cicatrizan las heridas de la revolución de febrero. Pese a caer el régimen anterior la plaza Tahrir vuelve a teñirse de sangre.
“Es una cuestión de dignidad del pueblo egipcio. No queremos volver a ser humillados”, sostiene uno de los manifestaciones involucrados en las protestas que esta semana se han cobrado decenas de muertos en El Cairo.
Otro país destrozado por la ola devastadora de este proceso es Libia. Los largos y sangrientos enfrentamientos no han traído la tranquilidad a sus habitantes, que tienen ante sí un país arruinado y un Gobierno que no han elegido. La atmósfera reinante les inspira desesperación y miedo.
“Creo que existe una ola de terror contra los que no están de acuerdo con el nuevo Gobierno libio”, dice Brian Becker, miembro de la coalición contra guerras A.N.S.W.E.R. “Esto no se presenta así en los medios occidentales, pero es terror. Si uno ahora se manifiesta contra las autoridades nuevas en Libia, probablemente será encarcelado, ejecutado o desaparecerá”, comenta el activista pacifista.
El nuevo régimen se estableció debido a la contribución de la OTAN en la aniquilación del gobierno y de su líder, Muamar el Gaddafi, linchado frente a las cámaras y caracterizado por la Alianza como un dictador. Sin embargo, las nuevas “autoridades” nacionales no parecen ajenas a los supuestos pecados del gobierno derrocado.
En este ajedrez político cada uno tiene sus premios y sus intereses. Y parece que casi nadie piensa en el bienestar del pueblo, ése que a menudo sirve de pretexto para justificar intervenciones y estimular las revueltas.
“Algunas potencias fuera de Oriente Medio están interesadas en hacer que la situación se vuelva caótica para que las fuerzas de la OTAN puedan ejercer su control a largo plazo, y que los recursos petroleros de estos países ricos pasen a manos privadas”, comenta el economista William Engdahl.
A duras penas los últimos acontecimientos en Oriente Medio y del norte de África pueden ser descritos como revoluciones democráticas. En estos países se cruzaron los intereses de las grandes potencias, que en su pugna por controlar la región y sus recursos, no parecen darse cuenta del alto precio que se ven obligados a pagar los lugareños.

Primaver arabe genera avances en la prensa y medios de comunicacion.


Los mayores avances en la libertad de prensa mundial durante el 2011 están relacionados con los hechos en el Medio Oriente y el norte de África por las revueltas de la Primavera Árabe, informó este jueves el reporte 2012 de la organización Freedom House.
No obstante, aunque Egipto, Libia y Túnez dieron “pasos significativos hacia adelante” tras la caída de sus viejos regímenes, la tendencia disminuyó meses después y en la región se agudizó con lo sucedido en Bahrein y Siria, donde continúan los conflictos, detalló el reporte Libertad de la Prensa 2012, presentado en el contexto del Día de la Libertad de Prensa.
Otro aspecto que refiere Freedom House respecto a esa zona del mundo es el hecho de que los avances logrados todavía no tienen como sustento nuevas estructuras legales, institucionales y regulatorias.
“Es necesario vigilar lo que ocurre en estos países mientras buscan consolidar sus transiciones y comienzan a adoptar nuevas leyes y constituciones”, refirió la organización.
Un caso significativo es el de Libia, señala Freedom House. Ese país tenía uno de los peores indicadores en el tema de las violaciones a la libertad de prensa, sin embargo terminó el 2011 con una mejoría considerable.
“El ambiente para los medios en Libia cambió drásticamente en el 2011”, señaló Freedom House, porque después de la caída de Moammar Gadhafi hubo cambios constitucionales que garantizaron derechos humanos y ofrecieron una visión más amplia de la libertad de expresión.
Sin embargo, insistió la organización, no se han consolidado en ese país las instituciones para lograr que haya una libertad de prensa que se ajuste a los estándares internacionales.
Cerca de 800 nuevos medios libios se registraron para comenzar a trabajar después de que un nuevo gobierno tomó el control del país, en octubre del 2011, con lo que se creó una diversidad nunca antes vista en esa nación, dijo Freedom House.
El caso de Siria es distinto porque, según la organización, en ese país hubo un incremento en los ataques, la intimidación y las detenciones para la prensa local y extranjera.
“Los pocos medios de comunicación con cierto grado de independencia fueron obligados a cerrar, quedando sólo aquellos controlados por el gobierno y el partido gobernante”, mencionó.
Esas condiciones, según la organización, sumadas a la violencia del Estado en muchas áreas, hicieron casi imposible el obtener o difundir información exacta en Siria.
El número de personas en el mundo que gozan de la libertad de prensa alcanzó en el 2011 su nivel más bajo en la última década, con solo 14.5% de 195 países, según Freedom House.

Guerra contra Occidente

Las debilidades de Al Zawahiri
Está claro que el nuevo líder de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zawahiri, no podrá superar a la figura legendaria del fundador de la organización terrorista, ya que carece de carisma y de autoridad para unificar a una organización fragmentada. 

«Lo que daba sustancia a la vocación global, mundial, de Al Qaeda era la personalidad misma de Bin Laden. Era una personalidad única, que Al Zawahiri es incapaz de reemplazar», sostiene Jean Pierre Filiu, profesor de Ciencias Políticas en París y autor del libro «La verdadera historia de Al Qaeda». 

El sucesor de Bin Laden no ha logrado reunir el apoyo de los distintos grupos que forman el entramado de Al Qaeda. Pese a sus llamadas a la yihad global, Al Zawahiri sólo ha recibido el reconocimiento formal de la organización de Al Qaeda en la Península Arábica (AQPA), cuyos combatientes han intentado atacar aviones con destino a Estados Unidos. En cierta manera podría decirse que el verdadero legado de Bin Laden está detrás de la llamada Primavera Árabe. Incluso el propio Al Zawahiri ha atribuido a Alá la victoria de los islamistas tras las revueltas árabes. Las revoluciones de Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria han dado oportunidades a algunas de las facciones de la organización terrorista. Los hombres de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) sacaron provecho de la revuelta en Libia y el fin del régimen de Muamar Gadafi para recuperar toneladas de armas, y aliados a los rebeldes tuareg conquistaron un inmenso territorio en el norte de Mali. En Yemen, los yihadistas realizaron incesantes acciones de guerrilla contra el poder central de Saná, aprovechando la inestabilidad a raíz de las revueltas, y llegaron a conquistar varias ciudades en el sur del país. 

«La guerra contra Occidente»
La revolución egipcia no ha traído precisamente una transición democrática, sino el auge del islamismo. Los Hermanos Musulmanes y los salafistas (islamistas radicales) han conseguido casi el 70% de los escaños del Parlamento. La hermandad musulmana se ha comprometido a un «renacimiento» integral, una «revolución islámica» que llevará de forma gradual a la creación de un modelo de sociedad y de Estado puramente islámicos, adaptados a la modernidad, pero dentro de los límites aceptados por la «sharia» (ley islámica). Los salafistas, sin embargo, quieren la aplicación inmediata de la «sharia» y auguran una guerra santa contra Occidente, al que acusan de «proteger a los regímenes infieles en la tierra del Islam». 

En Siria, donde las revueltas han derivado en una cruenta guerra civil que se ha cobrado más de 9.000 muertos en un año, ha habido indicios de que la rama de Al Qaeda en Irak podría estar detrás de varios atentados perpetrados en Damasco.

El legado de Bin Laden

Para muchos analistas la muerte de Osama Bin Laden supuso el descabezamiento de la organización terrorista. Otros, sin embargo, consideraron que el anciano líder de Al Qaeda había dejado de actuar hace tiempo y sólo proporcionaba inspiración a sus seguidores yihadistas. 

Entre aquellos que apoyan el papel de liderazgo de Bin Laden hasta la fecha de su muerte, el 2 de mayo de 2011, está el catedrático Fernando Reinares, investigador de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano. Según sus investigaciones, el terrorista saudí actuaba, dentro de la clandestinidad en que vivía, como auténtico cabecilla de una organización terrorista. 

Desde Abbottabad en Pakistán, Bin Laden exhortaba a los responsables operativos de Al Qaeda, incluyendo Ayman al Zawahiri y Atiyah Abd al Rahman, con quien tenía contacto directo  asiduo, para que se centraran en atentados en Estados Unidos, Canadá, Israel, Reino Unido, Alemania, Francia y España, según revelan los documentos incautados en su vivienda en Pakistán. 

Además, seleccionaba el perfil de los individuos que deberían ser reclutados para atentar en  Estados Unidos, como afroamericanos y latinos, y ordenó asaltos coordinados en sitios turísticos de al menos tres países europeos, e incluso llegó a implicarse en la preparación de atentados concretos, como el previsto para la Semana Santa de 2009 en un centro comercial de Manchester, frustrado por las Fuerzas de Seguridad británicas. Para Reinares, «Abbottabad nos dice que Al Qaeda permanecía articulada y activa, pese a tener degradadas sus capacidades operativas, muy aminoradas sus infraestructuras terroristas, contar con apenas unos centenares de miembros propios y haber ido progresivamente perdiendo apoyo popular en los países con sociedades mayoritariamente musulmanas».

Zona de tormenta


Mao tenía razón cuando afirmó que el capitalismo (en su existencia auténtica, es decir, imperialista por naturaleza) no tenía nada que ofrecer a los pueblos de tres continentes (la periferia constituida por Asia, África y América Latina, esa «minoría» que reúne al 85% de la población del planeta) y que por lo tanto el Sur constituía la «zona de tormentas», es decir, de las revueltas repetidas, potencialmente (pero sólo potencialmente) portadoras de avances revolucionarios dirigidos a la superación del capitalismo por el socialismo.
La «Primavera Árabe» se inscribe en esta realidad. Se trata de revoluciones sociales potencialmente portadoras de la cristalización de alternativas que pueden inscribirse a largo plazo en la perspectiva socialista. Es la razón por la cual el sistema capitalista, el capital de los monopolios dominantes a escala mundial, no puede tolerar el desarrollo de esos movimientos. Dicho sistema movilizará todos los medios posibles de desestabilización, desde las presiones económicas y financieras hasta la amenaza militar. Apoyará, según las circunstancias, bien las falsas alternativas fascistas o pseudofascistas o bien la implantación dictaduras militares. No hay que creer una palabra de lo que dice Obama. Obama es Bush pero con otro lenguaje. Hay una duplicidad permanente en el lenguaje de los dirigentes de la tríada imperialista (Estados Unidos, Europa occidental, Japón).
No tengo la intención, en este artículo, de examinar exhaustivamente cada uno de los movimientos en curso en el mundo árabe. (Túnez, Libia, Siria, Yemen y otros). Porque los componentes del movimiento son diferentes de un país a otro, igual que lo son las formas de la integración de cada uno en la globalización imperialista y las estructuras de los regímenes establecidos.
La revolución tunecina dio el pistoletazo de salida y ciertamente envalentonó mucho a los egipcios. Por otra parte el movimiento tunecino cuenta con una auténtica ventaja: el «semilaicismo» implantado por Burguiba sin duda no podrá ser cuestionado por los islamistas que regresan de su exilio en Gran Bretaña. Aunque al mismo tiempo el movimiento tunecino no parece estar en condiciones de cuestionar el modelo de desarrollo extravertido inscrito en la globalización capitalista liberal.
Libia no es Túnez ni Egipto. El bloque en el poder (Gadafi) y las fuerzas que combaten contra él no tienen ninguna analogía con lo que hay en Túnez y en Egipto. Gadafi siempre ha sido un títere cuyo pensamiento encuentra su reflejo en su famoso Libro Verde. Al actuar en una sociedad todavía arcaica, Gadafi podía permitirse discursos –sin gran alcance real- sucesivamente «nacionalistas y socialistas» y después, al día siguiente, adherirse al «liberalismo». Lo hizo «¡para complacer a los occidentales!», como si la elección del liberalismo no tuviera efectos en la sociedad. Sin embargo los tuvo y en general agravó las dificultades sociales para la mayoría. Entonces ya estaban dadas las condiciones para la explosión que conocemos, inmediatamente aprovechada por el Islam político del país y los regionalismos. Porque Libia nunca existió realmente como nación. Es una región geográfica que separa el Magreb y el Mashreq. La frontera entre ambos pasa precisamente por el medio de Libia. La Cirenaica, históricamente griega y helenística, después se convirtió en «mashrequina». La Tripolitania fue latina y se convirtió en magrebina. Por eso siempre hay una base para los regionalismos en el país. En realidad no se sabe quiénes son los miembros del Consejo Nacional de Transición de Bengasi. Quizá haya demócratas ente ellos, pero es seguro que hay islamistas, y de los peores, y regionalistas. Desde el principio «el movimiento» ha tomado en Libia la forma de una revuelta armada, disparando sobre el ejército, y no la de una ola de manifestaciones civiles. Esta revuelta armada, por otra parte, llamo inmediatamente a la OTAN en su auxilio. Así se dio entonces la ocasión para una intervención militar de las potencias imperialistas. Los objetivos que se persiguen no son, ciertamente, la «protección de los civiles» ni la «democracia», sino el control del petróleo y la consecución de una importante base militar en el país. Es cierto que las empresas occidentales ya controlaban el petróleo libio desde que Gadafi se alineó al «liberalismo». Pero con Gadafi nunca se puede estar seguro de nada. ¿Y si vuelve la chaqueta y mañana mete en su juego a los chinos o a los indios? Pero hay algo más grave. Desde 1969 Gadafi exigía la evacuación de las bases británicas y estadounidenses establecidas en Libia tras la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, Estados Unidos necesita transferir el AFRICOM (el mando militar de Estados Unidos para África, una pieza importante del dispositivo de control militar del planeta ¡todavía en Stuttgart!) a África. La Unión Africana lo rechaza y hasta la fecha ningún Estado africano se ha atrevido a aceptarlo. Un lacayo establecido en Trípoli (o en Bengasi) obviamente suscribiría todas las exigencias de Washington y de sus aliados subalternos de la OTAN.
Los componentes de la revuelta en Siria hasta ahora no han dado a conocer sus programas. Sin duda la deriva del régimen baasista, alineado al neoliberalismo y singularmente pasivo frente a la ocupación del Golán por parte de Israel, está en el origen de la explosión popular. Pero no hay que excluir la intervención de la CIA: se habla de grupos que han penetrado en Deraa procedentes de la vecina Jordania. La movilización de los Hermanos Musulmanes, que ya estuvieron hace años en el origen de las insurrecciones de Hama y de Homs, quizá no es extraña al complot de Washington, que se dedica a acabar con la alianza Siria/Irán, esencial para el apoyo de Hizbulá en Líbano y de Hamás en Gaza.
En Yemen la unidad se construyó sobre la derrota de las fuerzas progresistas que habían gobernado el sur del país. ¿El movimiento se rendirá ante esas fuerzas? Por esta razón se comprenden las dudas de Washington y del Golfo.
En Barhéin la revuelta ha abortado por la intervención del ejército saudí y la masacre, sin que los medios de comunicación dominantes hayan encontrado nada que decir. El doble rasero, como siempre.
La «revuelta árabe» no es el único ejemplo, aunque es la expresión más reciente de la manifestación de la inestabilidad inherente a la «zona de tormentas».
Una primera ola de «revoluciones», si las llamamos así, barrió ciertas dictaduras de Asia (Filipinas, Indonesia) y de África (Malí), que habían sido establecidas por el imperialismo y los bloques reaccionarios locales. Pero allí Estados Unidos y Europa consiguieron abortar la dinámica de esos movimientos populares, a veces gigantescos por las movilizaciones que suscitaron. Estados Unidos y Europa quieren repetir en el mundo árabe lo que pasó en Malí, en Filipinas y en Indonesia: ¡cambiar todo para que nada cambie! Allí, después de que los movimientos populares se desembarazasen de sus dictadores, las potencias imperialistas se dedicaron a que lo esencial permaneciese a salvo por medio de gobiernos alineados al neoliberalismo y a los intereses de la política extranjera. Es interesante comprobar que en los países musulmanes (Malí e Indonesia) el Islam político se movilizó con ese fin.
Por el contrario la ola de movimientos de emancipación que barrió América del Sur permitió auténticos avances en las tres direcciones que representan la democratización del Estado y la sociedad, la adopción de las subsiguientes medidas antiimperialistas y el compromiso en la vía de las reformas sociales progresistas.
El discurso dominante de los medios de comunicación compara las «revueltas democráticas» del Tercer Mundo con las que pusieron fin a los «socialismos» de Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín. Se trata de una superchería pura y simple. Porque independientemente de las razones (comprensibles) de las revueltas en cuestión, aquéllas se inscribían en la perspectiva de la anexión de la región por las potencias imperialistas de Europa occidental (en beneficio de Alemania en primer lugar). De hecho, reducidos ya al estatuto de «periferia» de la Europa capitalista desarrollada, los países de Europa del Este conocerán mañana su auténtica revolución. Ya hay señales que lo anuncian, en particular en la antigua Yugoslavia.
Las revueltas, potencialmente portadoras de avances revolucionarios, se prevén por todas partes, o casi, en los tres continentes que siguen siendo, más que nunca, zona de tormentas, desmintiendo así los discursos almibarados sobre el «capitalismo eterno» y la estabilidad, la paz y el progreso democrático que lleva asociados. Pero esas revueltas, para traer los avances revolucionarios, deberán vencer numerosos obstáculos: por un lado superar las debilidades del movimiento, construir las convergencias positivas entre sus componentes, concebir y establecer las estrategias eficaces, pero también por otra parte derrotar las intervenciones (incluidas las militares) de la tríada imperialista. Cualquier intervención militar de Estados Unidos y la OTAN en los asuntos de los países del Sur bajo cualquier pretexto, por ejemplo los de apariencia amable –como la intervención humanitaria- debe proscribirse. El imperialismo no quiere el progreso social ni la democracia para esos países. Los lacayos que implanta en el poder cuando gana la batalla siguen siendo enemigos de la democracia. No podemos por menos de lamentar que la «izquierda» europea, incluso radical, haya dejado de comprender qué es el imperialismo.
El actual discurso dominante llama a la instauración de un «derecho internacional» que en principio autorice la intervención cuando se violen los derechos fundamentales de un pueblo. Pero no existen las condiciones necesarias que permitan avanzar en esa dirección. La «comunidad internacional» no existe. Se resume en la embajada de Estados Unidos seguida automáticamente por las de Europa. ¿Es necesario describir la larga lista de las, más que lamentables, criminales intervenciones y sus resultados? (por ejemplo Irak). ¿Hay que recordar el principio de «doble rasero» que las caracteriza? (Podemos pensar, obviamente, en los derechos violados de los palestinos y el apoyo incondicional a Israel o en las innumerables dictaduras que se siguen apoyando en África).