Los distintos rostros de la primavera
Árabe.
Por
supuesto, no se están aplicando los mismos principios para salvar a las masas
reprimidas brutalmente en Yemen o a los manifestantes chiíes en Bahréin. Es
dudoso que se extienda a Arabia Saudita y Siria, y mucho menos a Irán. Tampoco
es improbable que una guerra prolongada en Libia acabe por dar justificación a
la advertencia de los gobernantes autoritarios de la región de que el despertar
árabe no es más que un preludio del caos.
Estas
contradicciones internas se ven agravadas por las condiciones locales de cada
uno de los estados árabes, así como por las limitaciones estratégicas, todo lo
cual define los matices de esta desigual primavera árabe.
La
legitimidad de las monarquías hereditarias, principio establecido por Metternich,
el arquitecto del orden postnapoleónico, finalmente prevaleció en la Primavera
Europea de 1848. Hasta ahora, el mismo principio sigue en vigor en el mundo
árabe. Las monarquías -en Marruecos, Arabia Saudita, Jordania y la mayoría de
las dinastías del Golfo- todavía parecen más aceptables a los ojos de sus
súbditos que las autocracias seculares. La vulnerabilidad de los regímenes de
Egipto, Túnez, Libia, Siria y Yemen, que se basan en elecciones amañadas y en
un aparato estatal de represión, refleja su falta de cualquier otra fuente
aceptable de legitimidad.
Por
supuesto, las monarquías árabes no son totalmente inmunes a la amenaza de que
ocurran levantamientos populares. Pero, debido a que su legitimidad proviene de
una fuente religiosa, o hasta divina, más que de una ficción de apoyo
democrático -como fue el caso de los presidentes árabes-, sus gobiernos son
menos cuestionables.
Más
aún, a diferencia de las "repúblicas" árabes -casi de todas las
cuales surgieron revoluciones "socialistas" o golpes militares
que prometían grandeza y justicia social, solo para acabar como regímenes
corruptos y represivos-, las monarquías de la región nunca prometieron una
utopía. En ninguna de las monarquías árabes han ido los manifestantes por
la cabeza del rey; sus demandas tienen relación con poner límites al poder absoluto,
no con un fin de la monarquía.
El
mapa revolucionario también se ve influido por las actitudes hacia Occidente.
Una triste lección de la duplicidad de este con respecto a las reformas
democráticas en el mundo árabe, que tanto Siria como Irán han abrazado con
complacencia, es que los líderes moderados prooccidentales que abrieron
espacios a los manifestantes prodemocráticos terminaron siendo barridos a un
costado, mientras que quienes aplastaron brutalmente a sus oponentes se
mantienen en el poder. Occidente, después de todo, nunca aplicó una presión
irresistible sobre ningún régimen árabe para que llevara a cabo reformas y
abandonó a sus clientes autocráticos en Túnez y Egipto cuando no pudieron
cortar el brote revolucionario. La lección es que Occidente coexistirá con las
tiranías, con la condición de que sus mecanismos de represión sean rápidos y eficaces.
Teniendo
en cuenta el temor desenfrenado a la influencia iraní, el movimiento por la
democracia en Bahréin y Arabia Saudita está destinado a ser sofocado con la
complicidad de EE. UU. La intervención impulsada por los sauditas en Bahréin
apunta a limitar los esfuerzos de Irán por avanzar en la región sobre las olas
del descontento chií.
De
hecho, el levantamiento de la mayoría chií de Bahréin se ha convertido ahora en
una lucha por el dominio regional entre Irán y las monarquías suníes
respaldadas por Estados Unidos en el Golfo. Incluso Turquía, un aliado de Irán
cuyo primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, criticó duramente la intervención
militar contra Libia -arremetiendo contra Occidente por ver la región como
'como un peón en las guerras del petróleo por décadas'- hizo un llamado a Irán para
que frenase su belicosa retórica durante la crisis de Bahréin.
La
inmunidad de la monarquía saudí a las presiones de EE.UU. para que se lleven a
cabo reformas democráticas le debe mucho al temor a una "medialuna
chií" sobre el Golfo, con Irán en su centro. De hecho, Arabia Saudita
considera el empoderamiento político de la mayoría chií de Iraq como una
calamidad de proporciones históricas, visión que se ve reivindicada por el
apoyo abierto de Irak a los designios iraníes en el Golfo. El primer ministro, Nouri
al-Maliki, se unió al coro de Irán en contra de "la intervención de las
fuerzas suníes en un estado vecino". Lo secundó el poderoso líder chií de
Iraq, Mukhtada Sadr, y su clérigo supremo, el ayatolá Ali Sistani, que instó a
Bahréin a deshacerse de las "fuerzas extranjeras".
Se
ha puesto de moda culpar a Occidente por las vicisitudes de la democratización
árabe. Sin embargo, las encrucijadas de la historia nunca se han caracterizado
por presentar opciones fáciles y, a menudo, los errores humanos dan forma a los
resultados más que la maldad humana. En su marcha admirable hacia las
libertades civiles, los pueblos árabes deben enfrentar una prueba preliminar de
toda democracia, por incipiente que sea: asumir la responsabilidad de las
consecuencias de las decisiones propias.
0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio