miércoles, 16 de mayo de 2012

"Los distintos rostros de la primavera Árabe".

Los distintos rostros de la primavera Árabe.
Por supuesto, no se están aplicando los mismos principios para salvar a las masas reprimidas brutalmente en Yemen o a los manifestantes chiíes en Bahréin. Es dudoso que se extienda a Arabia Saudita y Siria, y mucho menos a Irán. Tampoco es improbable que una guerra prolongada en Libia acabe por dar justificación a la advertencia de los gobernantes autoritarios de la región de que el despertar árabe no es más que un preludio del caos.
Estas contradicciones internas se ven agravadas por las condiciones locales de cada uno de los estados árabes, así como por las limitaciones estratégicas, todo lo cual define los matices de esta desigual primavera árabe.
La legitimidad de las monarquías hereditarias, principio establecido por Metternich, el arquitecto del orden postnapoleónico, finalmente prevaleció en la Primavera Europea de 1848. Hasta ahora, el mismo principio sigue en vigor en el mundo árabe. Las monarquías -en Marruecos, Arabia Saudita, Jordania y la mayoría de las dinastías del Golfo- todavía parecen más aceptables a los ojos de sus súbditos que las autocracias seculares. La vulnerabilidad de los regímenes de Egipto, Túnez, Libia, Siria y Yemen, que se basan en elecciones amañadas y en un aparato estatal de represión, refleja su falta de cualquier otra fuente aceptable de legitimidad.
Por supuesto, las monarquías árabes no son totalmente inmunes a la amenaza de que ocurran levantamientos populares. Pero, debido a que su legitimidad proviene de una fuente religiosa, o hasta divina, más que de una ficción de apoyo democrático -como fue el caso de los presidentes árabes-, sus gobiernos son menos cuestionables.
Más aún, a diferencia de las "repúblicas" árabes -casi de todas las cuales surgieron  revoluciones "socialistas" o golpes militares que prometían grandeza y justicia social, solo para acabar como regímenes corruptos y represivos-, las monarquías de la región nunca prometieron una utopía. En ninguna de las monarquías árabes han ido los manifestantes  por la cabeza del rey; sus demandas tienen relación con poner límites al poder absoluto, no con un fin de la monarquía.
El mapa revolucionario también se ve influido por las actitudes hacia Occidente. Una triste lección de la duplicidad de este con respecto a las reformas democráticas en el mundo árabe, que tanto Siria como Irán han abrazado con complacencia, es que los líderes moderados prooccidentales que abrieron espacios a los manifestantes prodemocráticos terminaron siendo barridos a un costado, mientras que quienes aplastaron brutalmente a sus oponentes se mantienen en el poder. Occidente, después de todo, nunca aplicó una presión irresistible sobre ningún régimen árabe para que llevara a cabo reformas y abandonó a sus clientes autocráticos en Túnez y Egipto cuando no pudieron cortar el brote revolucionario. La lección es que Occidente coexistirá con las tiranías, con la condición de que sus mecanismos de represión sean rápidos y eficaces.
Teniendo en cuenta el temor desenfrenado a la influencia iraní, el movimiento por la democracia en Bahréin y Arabia Saudita está destinado a ser sofocado con la complicidad de EE. UU. La intervención impulsada por los sauditas en Bahréin apunta a limitar los esfuerzos de Irán por avanzar en la región sobre las olas del descontento chií.
De hecho, el levantamiento de la mayoría chií de Bahréin se ha convertido ahora en una lucha por el dominio regional entre Irán y las monarquías suníes respaldadas por Estados Unidos en el Golfo. Incluso Turquía, un aliado de Irán cuyo primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, criticó duramente la intervención militar contra Libia -arremetiendo contra Occidente por ver la región como 'como un peón en las guerras del petróleo por décadas'- hizo un llamado a Irán para que frenase su belicosa retórica durante la crisis de Bahréin.
La inmunidad de la monarquía saudí a las presiones de EE.UU. para que se lleven a cabo reformas democráticas le debe mucho al temor a una "medialuna chií" sobre el Golfo, con Irán en su centro. De hecho, Arabia Saudita considera el empoderamiento político de la mayoría chií de Iraq como una calamidad de proporciones históricas, visión que se ve reivindicada por el apoyo abierto de Irak a los designios iraníes en el Golfo. El primer ministro, Nouri al-Maliki, se unió al coro de Irán en contra de "la intervención de las fuerzas suníes en un estado vecino". Lo secundó el poderoso líder chií de Iraq, Mukhtada Sadr, y su clérigo supremo, el ayatolá Ali Sistani, que instó a Bahréin a deshacerse de las "fuerzas extranjeras".
Se ha puesto de moda culpar a Occidente por las vicisitudes de la democratización árabe. Sin embargo, las encrucijadas de la historia nunca se han caracterizado por presentar opciones fáciles y, a menudo, los errores humanos dan forma a los resultados más que la maldad humana. En su marcha admirable hacia las libertades civiles, los pueblos árabes deben enfrentar una prueba preliminar de toda democracia, por incipiente que sea: asumir la responsabilidad de las consecuencias de las decisiones propias.














"Estaciones" de la primavera árabe


Otoño de la primavera arabe


Los países de la llamada ‘primavera árabe’ no acaban de ver luz al final del túnel.
Mientras Siria parece abocada a una guerra civil, en Libia y Egipto el derrocamiento de sus respectivos regímenes no ha venido acompañado de la estabilidad que reclamaban sus pueblos.
Los llamamientos para cambiar el gobierno de Siria procedentes del exterior hacen que la oposición actúe con mayor dureza, de forma que los enfrentamientos con los partidarios del poder se tornan cada vez más violentos, poniendo al Estado al borde de una verdadera guerra civil.
“Los países occidentales y algunos países de la región llaman y aconsejan a la oposición que no mantenga negociación alguna con el régimen de Al Assad. Esto parece una provocación política a escala internacional”, aseveró el canciller ruso Serguéi Lavrov.
Los desórdenes traspasan fronteras y se extienden también por las calles y plazas de la capital egipcia, donde no cicatrizan las heridas de la revolución de febrero. Pese a caer el régimen anterior la plaza Tahrir vuelve a teñirse de sangre.
“Es una cuestión de dignidad del pueblo egipcio. No queremos volver a ser humillados”, sostiene uno de los manifestaciones involucrados en las protestas que esta semana se han cobrado decenas de muertos en El Cairo.
Otro país destrozado por la ola devastadora de este proceso es Libia. Los largos y sangrientos enfrentamientos no han traído la tranquilidad a sus habitantes, que tienen ante sí un país arruinado y un Gobierno que no han elegido. La atmósfera reinante les inspira desesperación y miedo.
“Creo que existe una ola de terror contra los que no están de acuerdo con el nuevo Gobierno libio”, dice Brian Becker, miembro de la coalición contra guerras A.N.S.W.E.R. “Esto no se presenta así en los medios occidentales, pero es terror. Si uno ahora se manifiesta contra las autoridades nuevas en Libia, probablemente será encarcelado, ejecutado o desaparecerá”, comenta el activista pacifista.
El nuevo régimen se estableció debido a la contribución de la OTAN en la aniquilación del gobierno y de su líder, Muamar el Gaddafi, linchado frente a las cámaras y caracterizado por la Alianza como un dictador. Sin embargo, las nuevas “autoridades” nacionales no parecen ajenas a los supuestos pecados del gobierno derrocado.
En este ajedrez político cada uno tiene sus premios y sus intereses. Y parece que casi nadie piensa en el bienestar del pueblo, ése que a menudo sirve de pretexto para justificar intervenciones y estimular las revueltas.
“Algunas potencias fuera de Oriente Medio están interesadas en hacer que la situación se vuelva caótica para que las fuerzas de la OTAN puedan ejercer su control a largo plazo, y que los recursos petroleros de estos países ricos pasen a manos privadas”, comenta el economista William Engdahl.
A duras penas los últimos acontecimientos en Oriente Medio y del norte de África pueden ser descritos como revoluciones democráticas. En estos países se cruzaron los intereses de las grandes potencias, que en su pugna por controlar la región y sus recursos, no parecen darse cuenta del alto precio que se ven obligados a pagar los lugareños.

Primaver arabe genera avances en la prensa y medios de comunicacion.


Los mayores avances en la libertad de prensa mundial durante el 2011 están relacionados con los hechos en el Medio Oriente y el norte de África por las revueltas de la Primavera Árabe, informó este jueves el reporte 2012 de la organización Freedom House.
No obstante, aunque Egipto, Libia y Túnez dieron “pasos significativos hacia adelante” tras la caída de sus viejos regímenes, la tendencia disminuyó meses después y en la región se agudizó con lo sucedido en Bahrein y Siria, donde continúan los conflictos, detalló el reporte Libertad de la Prensa 2012, presentado en el contexto del Día de la Libertad de Prensa.
Otro aspecto que refiere Freedom House respecto a esa zona del mundo es el hecho de que los avances logrados todavía no tienen como sustento nuevas estructuras legales, institucionales y regulatorias.
“Es necesario vigilar lo que ocurre en estos países mientras buscan consolidar sus transiciones y comienzan a adoptar nuevas leyes y constituciones”, refirió la organización.
Un caso significativo es el de Libia, señala Freedom House. Ese país tenía uno de los peores indicadores en el tema de las violaciones a la libertad de prensa, sin embargo terminó el 2011 con una mejoría considerable.
“El ambiente para los medios en Libia cambió drásticamente en el 2011”, señaló Freedom House, porque después de la caída de Moammar Gadhafi hubo cambios constitucionales que garantizaron derechos humanos y ofrecieron una visión más amplia de la libertad de expresión.
Sin embargo, insistió la organización, no se han consolidado en ese país las instituciones para lograr que haya una libertad de prensa que se ajuste a los estándares internacionales.
Cerca de 800 nuevos medios libios se registraron para comenzar a trabajar después de que un nuevo gobierno tomó el control del país, en octubre del 2011, con lo que se creó una diversidad nunca antes vista en esa nación, dijo Freedom House.
El caso de Siria es distinto porque, según la organización, en ese país hubo un incremento en los ataques, la intimidación y las detenciones para la prensa local y extranjera.
“Los pocos medios de comunicación con cierto grado de independencia fueron obligados a cerrar, quedando sólo aquellos controlados por el gobierno y el partido gobernante”, mencionó.
Esas condiciones, según la organización, sumadas a la violencia del Estado en muchas áreas, hicieron casi imposible el obtener o difundir información exacta en Siria.
El número de personas en el mundo que gozan de la libertad de prensa alcanzó en el 2011 su nivel más bajo en la última década, con solo 14.5% de 195 países, según Freedom House.

Guerra contra Occidente

Las debilidades de Al Zawahiri
Está claro que el nuevo líder de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zawahiri, no podrá superar a la figura legendaria del fundador de la organización terrorista, ya que carece de carisma y de autoridad para unificar a una organización fragmentada. 

«Lo que daba sustancia a la vocación global, mundial, de Al Qaeda era la personalidad misma de Bin Laden. Era una personalidad única, que Al Zawahiri es incapaz de reemplazar», sostiene Jean Pierre Filiu, profesor de Ciencias Políticas en París y autor del libro «La verdadera historia de Al Qaeda». 

El sucesor de Bin Laden no ha logrado reunir el apoyo de los distintos grupos que forman el entramado de Al Qaeda. Pese a sus llamadas a la yihad global, Al Zawahiri sólo ha recibido el reconocimiento formal de la organización de Al Qaeda en la Península Arábica (AQPA), cuyos combatientes han intentado atacar aviones con destino a Estados Unidos. En cierta manera podría decirse que el verdadero legado de Bin Laden está detrás de la llamada Primavera Árabe. Incluso el propio Al Zawahiri ha atribuido a Alá la victoria de los islamistas tras las revueltas árabes. Las revoluciones de Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria han dado oportunidades a algunas de las facciones de la organización terrorista. Los hombres de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) sacaron provecho de la revuelta en Libia y el fin del régimen de Muamar Gadafi para recuperar toneladas de armas, y aliados a los rebeldes tuareg conquistaron un inmenso territorio en el norte de Mali. En Yemen, los yihadistas realizaron incesantes acciones de guerrilla contra el poder central de Saná, aprovechando la inestabilidad a raíz de las revueltas, y llegaron a conquistar varias ciudades en el sur del país. 

«La guerra contra Occidente»
La revolución egipcia no ha traído precisamente una transición democrática, sino el auge del islamismo. Los Hermanos Musulmanes y los salafistas (islamistas radicales) han conseguido casi el 70% de los escaños del Parlamento. La hermandad musulmana se ha comprometido a un «renacimiento» integral, una «revolución islámica» que llevará de forma gradual a la creación de un modelo de sociedad y de Estado puramente islámicos, adaptados a la modernidad, pero dentro de los límites aceptados por la «sharia» (ley islámica). Los salafistas, sin embargo, quieren la aplicación inmediata de la «sharia» y auguran una guerra santa contra Occidente, al que acusan de «proteger a los regímenes infieles en la tierra del Islam». 

En Siria, donde las revueltas han derivado en una cruenta guerra civil que se ha cobrado más de 9.000 muertos en un año, ha habido indicios de que la rama de Al Qaeda en Irak podría estar detrás de varios atentados perpetrados en Damasco.

El legado de Bin Laden

Para muchos analistas la muerte de Osama Bin Laden supuso el descabezamiento de la organización terrorista. Otros, sin embargo, consideraron que el anciano líder de Al Qaeda había dejado de actuar hace tiempo y sólo proporcionaba inspiración a sus seguidores yihadistas. 

Entre aquellos que apoyan el papel de liderazgo de Bin Laden hasta la fecha de su muerte, el 2 de mayo de 2011, está el catedrático Fernando Reinares, investigador de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano. Según sus investigaciones, el terrorista saudí actuaba, dentro de la clandestinidad en que vivía, como auténtico cabecilla de una organización terrorista. 

Desde Abbottabad en Pakistán, Bin Laden exhortaba a los responsables operativos de Al Qaeda, incluyendo Ayman al Zawahiri y Atiyah Abd al Rahman, con quien tenía contacto directo  asiduo, para que se centraran en atentados en Estados Unidos, Canadá, Israel, Reino Unido, Alemania, Francia y España, según revelan los documentos incautados en su vivienda en Pakistán. 

Además, seleccionaba el perfil de los individuos que deberían ser reclutados para atentar en  Estados Unidos, como afroamericanos y latinos, y ordenó asaltos coordinados en sitios turísticos de al menos tres países europeos, e incluso llegó a implicarse en la preparación de atentados concretos, como el previsto para la Semana Santa de 2009 en un centro comercial de Manchester, frustrado por las Fuerzas de Seguridad británicas. Para Reinares, «Abbottabad nos dice que Al Qaeda permanecía articulada y activa, pese a tener degradadas sus capacidades operativas, muy aminoradas sus infraestructuras terroristas, contar con apenas unos centenares de miembros propios y haber ido progresivamente perdiendo apoyo popular en los países con sociedades mayoritariamente musulmanas».

Zona de tormenta


Mao tenía razón cuando afirmó que el capitalismo (en su existencia auténtica, es decir, imperialista por naturaleza) no tenía nada que ofrecer a los pueblos de tres continentes (la periferia constituida por Asia, África y América Latina, esa «minoría» que reúne al 85% de la población del planeta) y que por lo tanto el Sur constituía la «zona de tormentas», es decir, de las revueltas repetidas, potencialmente (pero sólo potencialmente) portadoras de avances revolucionarios dirigidos a la superación del capitalismo por el socialismo.
La «Primavera Árabe» se inscribe en esta realidad. Se trata de revoluciones sociales potencialmente portadoras de la cristalización de alternativas que pueden inscribirse a largo plazo en la perspectiva socialista. Es la razón por la cual el sistema capitalista, el capital de los monopolios dominantes a escala mundial, no puede tolerar el desarrollo de esos movimientos. Dicho sistema movilizará todos los medios posibles de desestabilización, desde las presiones económicas y financieras hasta la amenaza militar. Apoyará, según las circunstancias, bien las falsas alternativas fascistas o pseudofascistas o bien la implantación dictaduras militares. No hay que creer una palabra de lo que dice Obama. Obama es Bush pero con otro lenguaje. Hay una duplicidad permanente en el lenguaje de los dirigentes de la tríada imperialista (Estados Unidos, Europa occidental, Japón).
No tengo la intención, en este artículo, de examinar exhaustivamente cada uno de los movimientos en curso en el mundo árabe. (Túnez, Libia, Siria, Yemen y otros). Porque los componentes del movimiento son diferentes de un país a otro, igual que lo son las formas de la integración de cada uno en la globalización imperialista y las estructuras de los regímenes establecidos.
La revolución tunecina dio el pistoletazo de salida y ciertamente envalentonó mucho a los egipcios. Por otra parte el movimiento tunecino cuenta con una auténtica ventaja: el «semilaicismo» implantado por Burguiba sin duda no podrá ser cuestionado por los islamistas que regresan de su exilio en Gran Bretaña. Aunque al mismo tiempo el movimiento tunecino no parece estar en condiciones de cuestionar el modelo de desarrollo extravertido inscrito en la globalización capitalista liberal.
Libia no es Túnez ni Egipto. El bloque en el poder (Gadafi) y las fuerzas que combaten contra él no tienen ninguna analogía con lo que hay en Túnez y en Egipto. Gadafi siempre ha sido un títere cuyo pensamiento encuentra su reflejo en su famoso Libro Verde. Al actuar en una sociedad todavía arcaica, Gadafi podía permitirse discursos –sin gran alcance real- sucesivamente «nacionalistas y socialistas» y después, al día siguiente, adherirse al «liberalismo». Lo hizo «¡para complacer a los occidentales!», como si la elección del liberalismo no tuviera efectos en la sociedad. Sin embargo los tuvo y en general agravó las dificultades sociales para la mayoría. Entonces ya estaban dadas las condiciones para la explosión que conocemos, inmediatamente aprovechada por el Islam político del país y los regionalismos. Porque Libia nunca existió realmente como nación. Es una región geográfica que separa el Magreb y el Mashreq. La frontera entre ambos pasa precisamente por el medio de Libia. La Cirenaica, históricamente griega y helenística, después se convirtió en «mashrequina». La Tripolitania fue latina y se convirtió en magrebina. Por eso siempre hay una base para los regionalismos en el país. En realidad no se sabe quiénes son los miembros del Consejo Nacional de Transición de Bengasi. Quizá haya demócratas ente ellos, pero es seguro que hay islamistas, y de los peores, y regionalistas. Desde el principio «el movimiento» ha tomado en Libia la forma de una revuelta armada, disparando sobre el ejército, y no la de una ola de manifestaciones civiles. Esta revuelta armada, por otra parte, llamo inmediatamente a la OTAN en su auxilio. Así se dio entonces la ocasión para una intervención militar de las potencias imperialistas. Los objetivos que se persiguen no son, ciertamente, la «protección de los civiles» ni la «democracia», sino el control del petróleo y la consecución de una importante base militar en el país. Es cierto que las empresas occidentales ya controlaban el petróleo libio desde que Gadafi se alineó al «liberalismo». Pero con Gadafi nunca se puede estar seguro de nada. ¿Y si vuelve la chaqueta y mañana mete en su juego a los chinos o a los indios? Pero hay algo más grave. Desde 1969 Gadafi exigía la evacuación de las bases británicas y estadounidenses establecidas en Libia tras la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, Estados Unidos necesita transferir el AFRICOM (el mando militar de Estados Unidos para África, una pieza importante del dispositivo de control militar del planeta ¡todavía en Stuttgart!) a África. La Unión Africana lo rechaza y hasta la fecha ningún Estado africano se ha atrevido a aceptarlo. Un lacayo establecido en Trípoli (o en Bengasi) obviamente suscribiría todas las exigencias de Washington y de sus aliados subalternos de la OTAN.
Los componentes de la revuelta en Siria hasta ahora no han dado a conocer sus programas. Sin duda la deriva del régimen baasista, alineado al neoliberalismo y singularmente pasivo frente a la ocupación del Golán por parte de Israel, está en el origen de la explosión popular. Pero no hay que excluir la intervención de la CIA: se habla de grupos que han penetrado en Deraa procedentes de la vecina Jordania. La movilización de los Hermanos Musulmanes, que ya estuvieron hace años en el origen de las insurrecciones de Hama y de Homs, quizá no es extraña al complot de Washington, que se dedica a acabar con la alianza Siria/Irán, esencial para el apoyo de Hizbulá en Líbano y de Hamás en Gaza.
En Yemen la unidad se construyó sobre la derrota de las fuerzas progresistas que habían gobernado el sur del país. ¿El movimiento se rendirá ante esas fuerzas? Por esta razón se comprenden las dudas de Washington y del Golfo.
En Barhéin la revuelta ha abortado por la intervención del ejército saudí y la masacre, sin que los medios de comunicación dominantes hayan encontrado nada que decir. El doble rasero, como siempre.
La «revuelta árabe» no es el único ejemplo, aunque es la expresión más reciente de la manifestación de la inestabilidad inherente a la «zona de tormentas».
Una primera ola de «revoluciones», si las llamamos así, barrió ciertas dictaduras de Asia (Filipinas, Indonesia) y de África (Malí), que habían sido establecidas por el imperialismo y los bloques reaccionarios locales. Pero allí Estados Unidos y Europa consiguieron abortar la dinámica de esos movimientos populares, a veces gigantescos por las movilizaciones que suscitaron. Estados Unidos y Europa quieren repetir en el mundo árabe lo que pasó en Malí, en Filipinas y en Indonesia: ¡cambiar todo para que nada cambie! Allí, después de que los movimientos populares se desembarazasen de sus dictadores, las potencias imperialistas se dedicaron a que lo esencial permaneciese a salvo por medio de gobiernos alineados al neoliberalismo y a los intereses de la política extranjera. Es interesante comprobar que en los países musulmanes (Malí e Indonesia) el Islam político se movilizó con ese fin.
Por el contrario la ola de movimientos de emancipación que barrió América del Sur permitió auténticos avances en las tres direcciones que representan la democratización del Estado y la sociedad, la adopción de las subsiguientes medidas antiimperialistas y el compromiso en la vía de las reformas sociales progresistas.
El discurso dominante de los medios de comunicación compara las «revueltas democráticas» del Tercer Mundo con las que pusieron fin a los «socialismos» de Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín. Se trata de una superchería pura y simple. Porque independientemente de las razones (comprensibles) de las revueltas en cuestión, aquéllas se inscribían en la perspectiva de la anexión de la región por las potencias imperialistas de Europa occidental (en beneficio de Alemania en primer lugar). De hecho, reducidos ya al estatuto de «periferia» de la Europa capitalista desarrollada, los países de Europa del Este conocerán mañana su auténtica revolución. Ya hay señales que lo anuncian, en particular en la antigua Yugoslavia.
Las revueltas, potencialmente portadoras de avances revolucionarios, se prevén por todas partes, o casi, en los tres continentes que siguen siendo, más que nunca, zona de tormentas, desmintiendo así los discursos almibarados sobre el «capitalismo eterno» y la estabilidad, la paz y el progreso democrático que lleva asociados. Pero esas revueltas, para traer los avances revolucionarios, deberán vencer numerosos obstáculos: por un lado superar las debilidades del movimiento, construir las convergencias positivas entre sus componentes, concebir y establecer las estrategias eficaces, pero también por otra parte derrotar las intervenciones (incluidas las militares) de la tríada imperialista. Cualquier intervención militar de Estados Unidos y la OTAN en los asuntos de los países del Sur bajo cualquier pretexto, por ejemplo los de apariencia amable –como la intervención humanitaria- debe proscribirse. El imperialismo no quiere el progreso social ni la democracia para esos países. Los lacayos que implanta en el poder cuando gana la batalla siguen siendo enemigos de la democracia. No podemos por menos de lamentar que la «izquierda» europea, incluso radical, haya dejado de comprender qué es el imperialismo.
El actual discurso dominante llama a la instauración de un «derecho internacional» que en principio autorice la intervención cuando se violen los derechos fundamentales de un pueblo. Pero no existen las condiciones necesarias que permitan avanzar en esa dirección. La «comunidad internacional» no existe. Se resume en la embajada de Estados Unidos seguida automáticamente por las de Europa. ¿Es necesario describir la larga lista de las, más que lamentables, criminales intervenciones y sus resultados? (por ejemplo Irak). ¿Hay que recordar el principio de «doble rasero» que las caracteriza? (Podemos pensar, obviamente, en los derechos violados de los palestinos y el apoyo incondicional a Israel o en las innumerables dictaduras que se siguen apoyando en África).

Estados Unidos en el modelo paquistaní



Las tres potencias que han dominado el escenario de Oriente Medio durante todo el período de reflujo (1967-2011) son: Estados Unidos, patrón del sistema, Arabia Saudí e Israel. Se trata de tres aliados íntimos. Los tres comparten el mismo temor obsesivo a la emergencia de un Egipto democrático. Porque éste sólo podría ser antiimperialista y social, tomaría sus distancias del liberalismo mundial, condenaría a Arabia Saudí y a los países del Golfo a la insignificancia, reanimaría la solidaridad de los pueblos árabes e impondría a Israel el reconocimiento del Estado palestino.
Egipto es una piedra angular en la estrategia estadounidense para controlar el planeta. El objetivo exclusivo de Washington y sus aliados Israel y Arabia Saudí es conseguir que aborte el movimiento democrático en Egipto; con ese fin, quieren imponer un «régimen islámico» dirigido por los Hermanos Musulmanes, que es el único medio que tienen para perpetuar la sumisión de Egipto. El «discurso democrático» de Obama sólo sirve para confundir las opiniones ingenuas, las de Estados Unidos y Europa en primer lugar.
Se habla mucho, para dar una legitimidad a un gobierno de los Hermanos Musulmanes (¡alineados con la democracia!), del ejemplo turco. Pero sólo es una cortina de humo. Porque el ejército turco, que sigue presente entre bastidores, aunque en realidad no es democrático y por añadidura es un fiel aliado de la OTAN, sigue aportando la garantía del «laicismo» en Turquía. El proyecto de Washington, expresado abiertamente por Hillary Clinton, Obama y los think tanks a su servicio, se inspira en el modelo paquistaní: el ejército (islámico) entre bastidores, el gobierno (civil) asumido por el partido (o los partidos) islámicos «elegidos». Obviamente, si se diera este caso, el gobierno «islámico» egipcio sería recompensado por su sumisión en los asuntos esenciales (no cuestionar el liberalismo ni los presuntos «tratados de paz» que permiten que Israel continúe su política de expansión territorial) y podría proseguir, como una compensación demagógica, con la implementación de sus proyectos «de islamización del Estado y de la política», ¡y los asesinatos de los coptos! Bonita democracia la que se concibe en Washington para Egipto. Naturalmente Arabia Saudí apoya con todos sus medios (financieros) la implementación de ese proyecto. Porque Riad sabe perfectamente que su hegemonía regional (en el mundo árabe y musulmán) exige que se reduzca a Egipto a la insignificancia. Y el medio es «la islamización del Estado y de la política»; de hecho una islamización de tipo wahabí con todos sus efectos –entre otros las desviaciones fanáticas con respecto a los coptos y la negación del derecho de igualdad de las mujeres-.
¿Es factible este tipo de islamización? Quizá, pero al precio de violencias extremas. La batalla se libra sobre el artículo 2 de la constitución del régimen depuesto. Dicho artículo, que estipula que «la Sharia es la fuente del derecho», es una novedad en la historia política de Egipto. Ni la constitución de 1923 ni la de Nasser la imaginaron. Fue Sadat quien la introdujo en su nueva constitución con el triple apoyo de Washington (¡respetar las tradiciones!), de Riad (El Corán toma el lugar de la constitución) y de Jerusalén (El Estado de Israel es un Estado judío).
El proyecto de los Hermanos Musulmanes sigue siendo el establecimiento de un Estado teocrático, como se pone de manifiesto en su adhesión al artículo 2 de la constitución de Sadat/Mubarak. Por añadidura el programa más reciente de la Hermandad también refuerza esa visión retrógrada con la propuesta de instaurar un «Consejo de Ulemas» encargado de vigilar que todos los proyectos de ley sean conformes a las exigencias de la Sharia.Ese consejo constitucional religioso es análogo al de Irán que controla al «poder elegido». Entonces el régimen sería el de un gran partido religioso único, y todos los partidos que se autodefinieran como laicos se convertirían en «ilegales» y los partidarios de dichos partidos no musulmanes (como los coptos) quedarían excluidos, de hecho, de la vida política. A despecho de todo esto los poderes de Washington y Europa hacen como si se pudiera tomar en serio la reciente declaración de los Hermanos en la que «renuncian» al proyecto teocrático (¡sin modificar su programa!), otra declaración mentirosa y oportunista. ¿Los expertos de la CIA no saben leer el árabe? La conclusión se impone: Washington prefiere el poder de los Hermanos, que le garantizan el mantenimiento de Egipto en su redil y en el de la globalización liberal, al poder de los demócratas con los que correría el riesgo de que se cuestionase seriamente el estatuto subalterno de Egipto. El partido Justicia y Libertad, creado recientemente y visiblemente inspirado en el modelo turco, apenas es otra cosa que un instrumento de los Hermanos. Admitirían a los coptos (!), lo que significa que los invitan a aceptar el Estado musulmán teocrático consagrado por el programa de los Hermanos si quieren tener derecho a «participar» en la vida política de su país. Pasando a la ofensiva, los Hermanos Musulmanes crean «sindicatos», «organizaciones campesinas» y una retahíla de «partidos políticos» con diferentes nombres cuyo único objetivo es dividir los frentes unidos de trabajadores, campesinos y demócratas con el fin de trabajar en beneficio, por supuesto, del bloque contrarrevolucionario.
¿Será capaz el movimiento democrático egipcio abolir ese artículo en la futura constitución? Sólo podemos responder a esta pregunta volviendo a examinar los debates políticos, ideológicos y culturales que se han desplegado en la historia del Egipto moderno.
Comprobamos, en efecto, que los períodos ascendentes se caracterizan por una diversidad de opciones abiertamente expresadas que relegan la «religión» (siempre presente en la sociedad) a un segundo plano. Así fue durante dos tercios del siglo XIX (de Mohamed Alí al Jedive Ismail). Los temas de la modernización (en forma de despotismo ilustrado más que democrática) dominaron entonces la escena. Fue lo mismo de 1920 a 1970: había un enfrentamiento abierto entre los «demócratas burgueses» y los «comunistas», que ocuparon ampliamente el primer plano de la escena hasta el nasserismo. Éste suprimió el debate para sustituirlo por un discurso populista panárabe, pero al mismo tiempo «modernizador». Las contradicciones de ese sistema abrieron el camino de regreso al Islam político. Podemos comprobar que en las fases de reflujo, por el contrario, desaparece la diversidad de opiniones dejando sitio a un anacronismo presuntamente islámico que se arroga el monopolio del discurso autorizado por el poder. De 1880 a 1920 los británicos construyeron esta tendencia, entre otras cosas al condenar al exilio (en particular en Nubia) a todos los pensadores y actores modernistas egipcios formados desde Mohamed Alí. Pero también se remarcó que «la oposición» a la ocupación británica se ubica asimismo en esa concepción anacrónica. La Nahda (inaugurada por Afghani y continuada por Mohamed Abdou) se inscribe en esta tendencia, asociada a la ilusión «otomanista» defendida por el nuevo Partido Nacionalista de Mustafá Kemal y Mohamed Farid. No es sorprendente que esa deriva condujera hacia el final de los escritos ultra reaccionarios de Rachid Reda, recuperado por Hassan el Bana, fundador de los Hermanos Musulmanes.
Fue lo mismo en el período de reflujo de los años 1970-2010. El discurso oficial del poder (de Sadat y de Mubarak), perfectamente islamista (como lo demuestra la introducción de la Sharia en la constitución y la delegación de poderes esenciales a los Hermanos Musulmanes), es también el de la falsa oposición, la única tolerada, la del discurso de las mezquitas. Por eso el artículo 2 puede parecer muy sólidamente anclado en la «convicción» general (en la «calle» como se suele decir por imitación del discurso estadounidense). No se pueden subestimar los efectos devastadores de la despolitización instaurada sistemáticamente durante los períodos de reflujo. Nunca es fácil salir a flote. Pero no es imposible. Los debates actuales en Egipto se centran –explícita o implícitamente- en esa cuestión de la presunta dimensión «cultural» del desafío (en la competencia islámica). Indicadores positivos: Han sido suficientes algunas semanas de debates libres que se han impuesto en la realidad para ver como desaparecía de todas las manifestaciones el eslogan «el Islam es la solución» a favor de reivindicaciones precisas en el terreno de la transformación concreta de la sociedad (libertad de opinión , de formación de partidos, sindicatos y otras organizaciones sociales, salarios y derechos laborales, acceso a la tierra, educación y sanidad, rechazo de las privatizaciones y llamado a las nacionalizaciones, etc.). Una señal que no llama a engaño: en las elecciones de los estudiantes la aplastante mayoría (un 80%) de los votos que fueron para los Hermanos Musulmanes hace cinco años (cuando era el único discurso aceptado como presunta oposición) ha caído al 20% en las elecciones de abril. Pero el adversario también sabe organizar la respuesta al «peligro democrático» Las modificaciones insignificantes de la constitución (¡todavía vigente!) propuestas por un comité constituido exclusivamente por islamistas elegidos por el consejo supremo (el ejército) y adoptados por referéndum deprisa y corriendo en abril (con un 23% de «no», pero una mayoría de «sí», forzada por los fraudes y un chantaje masivo de las mezquitas) no conciernen, obviamente, al artículo 2.
Las elecciones presidenciales y legislativas están previstas para septiembre/octubre de 2011. El movimiento democrático lucha por una «transición democrática» más larga, de forma que permita que sus discursos lleguen verdaderamente a las masas desamparadas. Pero Obama hizo su elección en los primeros días de la insurrección: una transición breve, ordenada (es decir, sin cuestionar los aparatos del régimen) y las elecciones (que den la deseada victoria a los islamistas). Como sabemos las «elecciones» en Egipto, como en otras partes del mundo, no son el mejor medio de asentar la democracia sino, a menudo, el de acabar con la dinámica de los avances democráticos.
Una última palabra con respecto a la «corrupción». El discurso dominante del «régimen de transición» enfatiza su denuncia asociada con amenazas de persecución judicial (ya veremos cómo será en realidad). Ese discurso ciertamente es bien recibido, particularmente por la fracción, sin duda la más amplia, de la opinión ingenua. Pero se guarda de analizar las razones profundas y de explicar que la «corrupción» (presentada como una desviación moral, un tipo de discurso moralista estadounidense) es un componente orgánico necesario en la formación de la burguesía. No sólo en el caso de Egipto y en los países del Sur en general, se trata de la formación de una burguesía compradora cuya asociación con los poderes del Estado constituye el único medio de emerger. Sostengo que en el estado capitalista de los monopolios generalizados la corrupción se convierte en un elemento constitutivo orgánico de la reproducción del modelo de acumulación: la retención de la renta de los monopolios exige la complicidad activa del Estado. El discurso ideológico (el virus liberal) proclama «nada de Estado» mientras que su práctica es «el Estado al servicio de los monopolios».

Islam politico



Los Hermanos Musulmanes son la única fuerza política que el régimen no sólo había tolerado sino que había apoyado activamente en su desarrollo. Sadat y Mubarak les confiaron la gestión de tres instituciones básicas: la educación, la justicia y la televisión. Los Hermanos Musulmanes no han sido nunca, ni pueden ser, «moderados» y mucho menos «democráticos». Su líder –el mourchid (en árabe, guía o Führer)– lo es por aclamación y la organización se basa en el principio de la disciplina y el cumplimiento de las órdenes de los jefes, sin debate de ningún tipo. La dirección está compuesta exclusivamente por hombres inmensamente ricos (gracias, entre otras cosas, al apoyo financiero de Arabia Saudí, es decir, de Washington), los cuadros los forman hombres surgidos de las facciones oscurantistas de las clases medias, y la base está compuesta por personas corrientes reclutadas por los servicios sociales que ofrece la Hermandad, siempre financiados por Arabia Saudí. Al mismo tiempo, las fuerzas de choque están formadas por milicias (los baltaguis) reclutadas en el lumpen.
Los Hermanos Musulmanes son partidarios de un sistema económico basado en el mercado y totalmente dependiente del exterior. En realidad, son un componente de la burguesía compradora. También han tomado posición contra las grandes huelgas de la clase obrera y las luchas de los campesinos para conservar la propiedad de su tierra. Los Hermanos Musulmanes sólo son «moderados» en el doble sentido de que siempre se han negado a formular un programa económico y social propio, y de que por esta misma razón no cuestionan las políticas neoliberales reaccionarias y aceptan en la práctica la sumisión a las exigencias de la implementación del control de EE.UU. en el mundo y en la región. Por lo tanto son aliados útiles para Washington (¿hay un aliado mejor de Estados Unidos que Arabia Saudí, el patrón de los Hermanos?), quien les ha otorgado un «certificado de democracia».
Pero Estados Unidos no puede admitir públicamente que su estrategia tiene como objetivo establecer regímenes islámicos en la región. Tiene que fingir que le dan miedo. De este modo legitima su «guerra permanente contra el terrorismo», que en realidad persigue otros objetivos: el control militar del planeta con el fin de reservar para Estados Unidos-Europa-Japón el acceso exclusivo a los recursos. Una ventaja adicional de esta duplicidad es que permite movilizar la islamofobia de la opinión pública. Europa, como sabemos, no tiene una estrategia específica para la región y se contenta con alinearse a las decisiones cotidianas de Washington.
Es más necesario que nunca poner en evidencia la duplicidad real de la estrategia de Estados Unidos, cuya opinión pública, hábilmente manipulada, se mantiene en la inopia. Más que a cualquier otra cosa Estados Unidos (y Europa en su estela) siente temor ante un Egipto verdaderamente democrático que, sin duda, pondría en cuestión su alineamiento con el liberalismo económico y la estrategia agresiva de Estados Unidos y la OTAN. Harán cualquier cosa para que Egipto no sea democrático y, con este fin, apoyarán por todos los medios, pero con hipocresía, la falsa alternativa de los Hermanos Musulmanes, que han demostrado ser sólo una minoría en el movimiento del pueblo egipcio por un cambio real.
La colusión entre las potencias imperialistas y el Islam político no es, en realidad, ni nueva ni propia de Egipto. Los Hermanos Musulmanes, desde su creación en 1927 hasta hoy, han sido siempre un aliado útil para el imperialismo y el bloque reaccionario local y además siempre han sido enemigos feroces de los movimientos democráticos. Y no serán los multimillonarios que dirigen hoy la Hermandad quienes se unan a la causa democrática. El Islam político es igualmente el aliado estratégico de Estados Unidos y sus socios menores de la OTAN en todo el mundo musulmán. Washington ha armado y financiado a los talibanes, a los que calificó de freedom fighters en su guerra contra el régimen nacional popular calificado de comunista (antes y después de la invasión soviética). Cuando los talibanes cerraron las escuelas de niñas creadas por los «comunistas», Washington halló algunos «demócratas» e incluso algunas «feministas» que reclamaban un supuesto respeto a las tradiciones.
En Egipto, los Hermanos Musulmanes tienen ahora el apoyo de la corriente salafista, también financiada abundantemente por los países del Golfo. Los salafistas se califican de extremistas (wahabíes convencidos, intolerantes frente a cualquier otra interpretación del Islam) y son los promotores de los asesinatos sistemáticos de los coptos. Son operaciones difíciles de imaginar sin el apoyo tácito (y una complicidad a veces mayor) de los aparatos estatales, en particular de la Justicia, en gran parte confiada a los Hermanos Musulmanes. Esta extraña división del trabajo permite a los Hermanos Musulmanes aparecer como moderados, tal como Washington pretende que se crea. Sin embargo, hay luchas violentas en perspectiva dentro de los movimientos religiosos islámicos en Egipto. Porque el Islam egipcio históricamente dominante es sufí, y sus hermandades agrupan a 15 millones de seguidores. Es un Islam abierto, tolerante, que hace hincapié en la convicción individual y no en la práctica de rituales («hay tantas vías hacia Dios como individuos», afirman), el sufismo egipcio ha sido siempre visto con sospecha por los poderes del Estado que, sin embargo, blandiendo el palo y la zanahoria, han evitado entrar en guerra abierta contra él. El Islam wahabí del Golfo es su opuesto: arcaico, ritualista, conformista, enemigo declarado de cualquier interpretación distinta de la suya, que no es más que un simple recitado de los textos, enemigo de todo espíritu crítico, al que compara con el diablo. El Islam wahabí ha declarado la guerra al sufismo y pretende erradicarlo, para lo cual cuenta con el apoyo de las autoridades. Por su parte, los sufíes son secularizadores, si no laicos, y llaman a la separación de la religión y la política (el poder del Estado y las autoridades religiosas que éste reconoce: Al Azhar). Los sufíes son aliados del movimiento democrático. El precursor de la introducción del Islam wahabí en Egipto fue Rachid Reda, en la década de 1920, y en 1927 fueron los Hermanos Musulmanes quienes tomaron el relevo. Pero este movimiento islamista sólo adquirió su fuerza actual después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la renta petrolera de los países del Golfo, apoyados por Estados Unidos en conflicto con la ola de liberación nacional popular de la década de 1960, permitió multiplicar sus medios financieros.

Primavera Árabe-2011

El año 2011 comenzó con una serie de explosiones de ira atronadoras de los pueblos árabes. ¿Va a dar inicio, con la primavera, una segunda fase del despertar del mundo árabe? ¿O bien estas revueltas van a ser pisoteadas y al final abortadas, como sucedió en el primer momento evocado en mi libro L’éveil du Sud (El despertar del Sur)? En el primer caso, los progresos registrados en el mundo árabe serán necesariamente parte del movimiento de superación del capitalismo y el imperialismo en todo el mundo. Su fracaso mantendría al mundo árabe en su estado actual de periferia dominada, que le impediría erigirse en agente activo de la configuración del mundo.
Siempre es peligroso generalizar cuando se habla del mundo árabe, en la medida en que se ignora así la diversidad de las condiciones objetivas que caracterizan a cada país dentro de este conjunto. Por consiguiente, centraré mis siguientes reflexiones en Egipto, país del que podemos reconocer sin dificultad el importante papel que siempre ha desempeñado en la evolución general de la región.
Egipto fue el primer país de la periferia del capitalismo mundial que intentó «emerger». Mucho antes que Japón y China, desde principios del siglo XIX, Mohamed Alí había diseñado e implementado un proyecto de renovación de Egipto y sus vecinos en el Mashreq árabe. Esta experiencia de gran envergadura duró dos tercios del siglo XIX y sólo perdió fuerza al final de la segunda mitad del reinado del Jedive Ismail Pachá, durante la década de 1870. El análisis de su fracaso no puede ignorar la violencia de la agresión externa a cargo de la gran potencia del capitalismo industrial de la época, Gran Bretaña. En dos ocasiones, 1840 y más tarde en la década de 1870 al tomar el control de las finanzas de Egipto, y por último con la ocupación militar en 1882, Inglaterra persiguió con obstinación su objetivo: abortar el surgimiento de un Egipto moderno. Sin duda el proyecto egipcio tenía sus límites, los que definen la época, puesto que fue, obviamente, un proyecto de emergencia en y por el capitalismo, a diferencia del proyecto del segundo intento egipcio (1919-1967), sobre el que volveré más adelante. Sin lugar a dudas las contradicciones sociales específicas del proyecto, como las ideas políticas y las bases ideológicas y culturales en las que se desarrolló, comparten la responsabilidad del fracaso. El hecho es que sin la agresión del imperialismo estas contradicciones probablemente podrían haberse superado, como sugiere el ejemplo japonés.
Este Egipto emergente derrotado fue sometido durante casi cuarenta años (1880-1920) al estado de periferia dominada, cuyas estructuras se volvieron a diseñar completamente para ajustarse al modelo de acumulación capitalista-imperialista de la época. La regresión impuesta golpeó, más allá del sistema de producción del país, sus estructuras políticas y sociales, y siempre trató de reforzar las concepciones ideológicas y culturales retrógradas y reaccionarias útiles para mantener al país en su condición de subordinación.
Egipto, es decir, su pueblo, sus élites, la nación que representa, nunca ha aceptado esta condición. Esta obstinada negativa motivó una segunda oleada de movimientos de carácter ascendente y que cubrió el siguiente medio siglo (desde 1919 hasta 1967). En efecto, entiendo este período como un tiempo de lucha continua y avances importantes. El objetivo era triple: democracia, independencia nacional y progreso social. Estos tres objetivos –por limitadas y confusas que hayan sido en ocasiones sus formulaciones– son inseparables. Esta interconexión de los objetivos es de hecho la expresión de los efectos de la integración del Egipto moderno en el sistema del capitalismo imperialista globalizado de la época. En esta lectura, el capítulo abierto por la cristalización nasserista (1955-1967) no es otra cosa que el último capítulo de este tiempo largo de flujo ascendente de las luchas inaugurado por la revolución de 1919-1920.
El primer momento de este medio siglo de progresión de las luchas de emancipación en Egipto tiene como objetivo –con la formación del partido Wafd en 1919– la modernización política, mediante la adopción de una forma burguesa de democracia constitucional, y la recuperación de la independencia. La forma democrática imaginada permitía un avance de la secularización –no era plenamente laica– simbolizada por la bandera, que ostentaba una combinación de la media luna y la cruz (bandera que ha reaparecido en los acontecimientos de enero y febrero de 2011). Las elecciones «normales» permitían en esa época no sólo la elección de coptos por parte de mayorías musulmanas, sino también el ejercicio de altos cargos del Estado por estos mismos coptos, sin que esto plantease problemas.
Toda la fuerza del poder británico, con el apoyo activo del bloque reaccionario compuesto por la monarquía, los terratenientes y los campesinos ricos, se empleó en el intento de hacer retroceder los avances democráticos del Egipto wafdista. La dictadura de Sedki Pachá en la década de 1930 (que abolió la constitución democrática de 1923) se enfrentó al movimiento estudiantil, que en esa época era la vanguardia de las luchas democráticas antiimperialistas. No es casualidad que, para reducir el peligro, la embajada británica y el palacio real apoyaran activamente la creación de los Hermanos Musulmanes (1927), grupo inspirado en el pensamiento islamista en su arcaica versión salafista wahabí formulada por Rachid Reda, es decir, la versión más reaccionaria –antidemocrática y en contra del progreso social– del nuevo Islam político.
Ante la conquista de Etiopía por Mussolini y la posibilidad de una guerra mundial, Londres se vio obligado a hacer concesiones a las fuerzas democráticas, lo que permitió el regreso de los wafdistas en 1936 y la firma del Tratado anglo-egipcio del mismo año; un Wafd, dicho sea de paso, mucho más «prudente» que en su época anterior. La Segunda Guerra Mundial constituyó una especie de paréntesis. Pero el flujo ascendente de las luchas se reanudó, a partir del 21 de febrero de 1946, con la creación del bloque obrero-estudiantil, fortalecido en su radicalización por la aparición de los comunistas y el movimiento obrero. Una vez más, las fuerzas de la reacción egipcia, con el apoyo de Londres, se opusieron violentamente y movilizaron a los Hermanos Musulmanes en apoyo de una segunda dictadura de Sedki Pachá, aunque sin conseguir silenciar el movimiento. Con el Wafd de regreso al gobierno, su denuncia del Tratado de 1936 y el comienzo de la guerrilla en la zona del Canal aún ocupada, sólo pudieron ser derrotados por el incendio de El Cairo (1951), una acción en la que estuvieron involucrados los Hermanos Musulmanes.
El primer golpe de Estado de los oficiales libres (1952), pero sobre todo el segundo con la toma del poder por Gamal Abdel Nasser (1954), coronó este periodo de flujo ascendente de las luchas, según algunos, o acabó con ellas, según otros. El nasserismo sustituyó la lectura que propuse del despertar egipcio por un discurso ideológico que borraba de un plumazo toda la historia de los años 1919-1952 hasta poner como fecha inicial de la revolución egipcia julio de 1952. En ese momento, muchos de los comunistas habían denunciado este discurso y entendían que los golpes de 1952 y 1954 tenían como objetivo acabar con la radicalización del movimiento democrático. No se equivocaban, porque el nasserismo sólo cristalizó como proyecto antiimperialista después de Bandung (abril 1955). En ese momento, el nasserismo realizó lo que podía ofrecer: una postura internacional resueltamente antiimperialista (asociada con los movimientos panárabe y panafricano) junto a reformas sociales progresistas (pero no socialistas). Todo ello, organizado de arriba abajo, no sólo sin democracia (prohibición de que las clases populares se organizasen para y por sí mismas), sino suprimiendo toda forma de vida política. El vacío así creado invitaba al llamado Islam político a llenarlo. Así el proyecto agotó su potencial progresista en un corto período de tiempo: diez años, desde 1955 hasta 1965. La pérdida de impulso ofreció al imperialismo, ahora dirigido por Estados Unidos, la oportunidad de quebrar el movimiento mediante la movilización de su instrumento miliar regional: Israel. La derrota de 1967 marcó el final de este avance de medio siglo. El reflujo lo inició el propio Nasser, eligiendo para ello el camino de las concesiones a la derecha (la infitah, es decir, la apertura, entendida como apertura a la globalización capitalista) en lugar de la radicalización por la que lucharon, entre otros, los estudiantes (cuyo movimiento ocupó un lugar central en 1970, poco antes y después de la muerte de Nasser). Su sucesor, Anuar Sadat, acentuó la deriva a la derecha e integró a los Hermanos Musulmanes en su sistema autocrático. Mubarak seguiría después la misma línea.
El siguiente período de reflujo (1967-2011) abarca casi medio siglo. Egipto, sujeto a las exigencias del liberalismo globalizado y a las estrategias de Estados Unidos, dejó de existir como agente activo a escala regional e internacional. En la región, los principales aliados de Estados Unidos –Arabia Saudí e Israel– ocuparon el centro de la escena. Israel pudo así avanzar por la vía de la expansión de su colonización de la Palestina ocupada, con la complicidad de Egipto y los países del Golfo.
El Egipto de Nasser había establecido un sistema económico y social criticable pero coherente. Nasser optó por la industrialización como medio de superación de la especialización internacional impuesta por el colonialismo, que limitaba al país al papel de exportador de algodón. Este sistema industrializador potenció una distribución del ingreso en beneficio de las clases medias en expansión, sin que ello significara el empobrecimiento de las clases populares. Sadat y Mubarak procedieron al desmantelamiento del sistema productivo egipcio, que fue sustituido por otro completamente incoherente, basado exclusivamente en la búsqueda de rentabilidad de las empresas, en su mayoría subcontratistas del capital de los monopolios imperialistas. Las tasas de crecimiento supuestamente elevadas de Egipto, alabadas desde hace treinta años por el Banco Mundial, no tienen ningún significado. El crecimiento egipcio es extremadamente vulnerable, y además ha ido acompañado de un increíble aumento de la desigualdad y el desempleo, que afecta a la mayoría de los jóvenes. La situación era explosiva... y explotó.
La aparente estabilidad del régimen que Washington tanto elogiaba se basaba en una maquinaria policíaca monstruosa (1.200.000 hombres frente a sólo 5.000.000 en el ejército), que perpetraba el abuso criminal cotidiano. Las potencias imperialistas afirmaban que este régimen protegía a Egipto de una alternativa islamista, lo que no es más que una burda mentira. De hecho, el régimen había incorporado plenamente al Islam político reaccionario (según el modelo wahabí del Golfo) en su sistema de poder, al concederle la gestión de la educación, la justicia y los grandes medios (la televisión en particular). El único discurso permitido era el asignado a las mezquitas salafistas, lo que les proporcionaba la ficción de intentar presentarse como la oposición. La duplicidad cínica del discurso del establishment estadounidense (y en este sentido Obama no es diferente de Bush) sirve perfectamente a sus objetivos. El apoyo de facto al Islam político destruye la capacidad de la sociedad para hacer frente a los desafíos del mundo moderno (que está detrás de la degradación catastrófica de la educación y la investigación), mientras que la denuncia ocasional de sus abusos (el asesinato de coptos, por ejemplo) sirve para legitimar las intervenciones militares de Washington, dedicado a la llamada «guerra contra el terrorismo». El régimen egipcio podía parecer tolerable mientras funcionó la válvula de seguridad de la emigración masiva de las clases medias y bajas a los países petroleros. El agotamiento de este sistema (la sustitución de trabajadores de los países árabes por inmigrantes asiáticos) ha llevado al resurgimiento de las resistencias. Las huelgas obreras de 2007 –las más importantes del continente africano en 50 años–, la resistencia obstinada de los pequeños agricultores amenazados de expropiación por parte del capitalismo agrario, la formación de círculos de protesta democrática en las clases medias (los movimientos Kefaya y Seis de abril) anunciaban la inevitable explosión, que los egipcios esperaban aunque sorprendiera a los llamados observadores internacionales. Estamos entrando pues a una nueva fase de aumento de las luchas de liberación, de las que tendremos que analizar su dirección y desarrollo.